La crisis de Juárez tiñe de sangre la frontera

A view of Juárez across from UTEP. (Raymundo Aguirre/Borderzine.com)

Una vista de Juárez desde UTEP. (Raymundo Aguirre/Borderzine.com)

EL PASO — Los periodistas sabemos que la verdad es la primera víctima de las guerras —después van apareciendo los muertos, pero ellos no engañan tanto.

Los cálculos varían, aunque todos sugieren que fueron asesinados alrededor de 40 000 mexicanos desde que la llamada «guerra de las drogas» se inició cuatro años atrás.  Hago énfasis en esta palabra, asesinados, ya que hablo de una guerra sin frentes, sin protocolos, sin reglas de combate. No se trata de una guerra de guerrillas entre tropas que se enfrentan por ideologías diferentes. Se trata de un imperio del terror.

La devastación homicida que atraviesa la frontera ha pervertido la atmósfera allá, como si una siniestra campana de cristal tañera encima de numerosos lugares de México para crear autosuficientes regiones de criminalidad —de simple y vulgar delincuencia, no de guerra— a una escala inimaginable.

Aquel estado de terror asoma junto a nuestras casas, está apenas a un tiro de piedra desde mi oficina hasta el fatigado Río Grande. Cuando voy a la cafetería de la tienda de libros de UTEP puedo ver las colonias de Juárez apiñándose contra la frontera: el margen de una enrevesada ciudad de 1.2 millones de personas tratando de encarar sus vidas con algún tipo de normalidad.

Por todas esas calles, los cárteles de la droga y las pandillas armadas con metralletas rivalizan por hacerse con el poder. La cifra y el volumen de las masacres que perpetran hacen que las refriegas de la era de prohibición en los Estados Unidos parezcan viejas escenas de películas de Walt Disney.

Pero algo más inquietante es el virtual colapso del sistema de justicia criminal, que se hace evidente con la presencia de tropas del ejército paralizadas en medio de lugares públicos donde impera la anarquía. De hecho, la ciudad parece infectada con un virus que la ha dejado aturdida, en manos de criminales mezquinos, extorsionadores, secuestradores y homicidas de toda calaña —por lo común no asociados con los cárteles, pero igualmente ávidos por echar diente a las sobras de lo que antaño se llamaba sociedad civil.

En tal atmósfera, solo la suma de cadáveres —alrededor de 8 000 personas asesinadas desde el inicio del año 2007— resulta fácil, aunque extrañamente su efecto es efímero porque el número de víctimas mortales llega a ser una noticia de rutina que tiende a desaparecer entre las vidas agitadas de los pobladores, quienes están en busca de aquella estabilidad de sus hábitos perdidos —estudiar, ir de compras, dar un paseo alrededor de la plaza central en el crepúsculo de una fresca tarde. Es claro que los muertos no mienten, pero no cuentan toda la historia.

También es cierto que algunos supervivientes pudieron irse.

Los grandes lineamientos económicos se van haciendo de acuerdo con esta situación de terror. Pese a que la población total de Juárez se ha mantenido constante durante los pasados cuatro años, un estimado de 230 ooo ciudadanos —en su mayoría de clases media y alta— tuvieron que abandonar sus hogares para ir hacia los Estados Unidos o las partes más seguras de México, en algo que nosotros hemos llamado Mexodus, en pos de la libertad para tener unas vidas normales, dejando tras de sí un enorme rastro de viviendas vacías y empresas cerradas.

Conforme un estimado, 125 ooo de aquellos antiguos residentes de Juárez se han reubicado al norte de la frontera. Al mismo tiempo, la ancha espalda de la ciudad de Juárez continúa atrayendo trabajadores para sus industrias de maquila, incluso ahora que los gerentes se resguardan en este lado de la línea divisoria y van a sus trabajos en camionetas blindadas.

Cuando en Borderzine dimos inicio a nuestros reportajes sobre Mexodus en enero, nos topamos con muchas puertas cerradas. Como ustedes podrán ver en nuestros artículos, la migración de gente de negocios y profesionales a El Paso es notoria en las escuelas, los nuevos negocios, en restaurantes y en el aumento del número de estacionamientos en los centros comerciales, pero todavía resulta difícil evaluar con seguridad la dimensión del impacto migratorio y económico que se produce aquí.

Varios funcionarios se empeñaron en minimizar los efectos locales del Mexodus, explicando el incremento del personal militar en nuestra ciudad como natural consecuencia del programa de Realineamiento y Cierre de Bases del 2005 (BRAC, en inglés), que supone el arribo de, más o menos, 66 000 nuevas tropas —con sus respectivos familiares— a El Paso hacia el año 2012.

La última línea de nuestro balance final, sin embargo, no se sostiene únicamente en las cifras. Lo que importa es dar a conocer las historias de los refugiados. Ellos vienen poco a poco, discretamente, no en masa y escapando de la guerra o el hambre como ocurre en otras partes del mundo, sino trayendo consigo una porción luminosa del futuro de México.

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