La Casa del Migrante alberga sufrimiento, ofrece esperanza

(Jorge H. Gutiérrez Neri/El Nuevo Sol)

(Jorge H. Gutiérrez Neri/El Nuevo Sol)

TIJUANA — Pasa la media noche y una camioneta blanca ahuyenta a los perros callejeros mientras se estaciona a dejar más migrantes que llegan cansados, hambrientos y otros hasta moribundos a la Casa del Migrante en Tijuana, Baja California

“Pedro” es un migrante que vivió por 14 años en Van Nuys, CA y prefirió guardar su identidad. Al tratar de regresar a California por Tecate, Baja California, con un grupo de ocho compañeros sus planes no fueron como planeaba.

“Traían pistolas, inclusive me pusieron la pistola en la cabeza, una 3-57… ellos querían que dijera que yo era (el) guía y lo tuve que decir para que no me siguieran golpeando”, afirmó.

Al intentar cruzar La Rumorosa, todos fueron secuestrados por un grupo de delincuentes. Pedro dijo que les quitaron su dinero y violaron una joven de 23 años que venía con ellos.

Los secuestradores dejaron ir a los migrantes en las montañas, les dijeron que corrieran sin parar y sin voltear por que si en 15 minutos los seguían viendo, los iban a matar.

En Tijuana a unas cuantas millas de la frontera con Estados Unidos, hay una institución al servicio de los migrantes. Fundada en 1947, la Casa del Migrante aloja migrantes masculinos que buscan un mejor futuro.

Aceptan migrantes sin importar nacionalidad o religión por un máximo de 12 días cada seis meses hasta que ellos siguen su camino.

Esta institución Católica no gubernamental, recibe fondos mínimos del gobierno mexicano, pues la mayoría de las contribuciones son voluntarias de migrantes pasados o voluntarios extranjeros.

“Hay noches que estamos tan ocupados que tengo que hacer las entrevistas a cada migrante de cinco a ocho minutos … me gustaría dedicarles el tiempo que se merecen”, dijo la trabajadora social de la Casa del Migrante Alejandra Gómez Casillas con una voz que resistía romper en llanto.

“Mi experiencia es larga, provechosa, rica, tensa, preocupante”, afirmó el Padre Luiz Kendzierski. El padre Luiz tiene 11 años como director de la Casa del Migrante la cual consiste de un grupo de entregados servidores que incluyen un sacerdote, voluntarios y empleados que lo dan todo en su trabajo.

La preocupación se debe a que en el año 2010 de acuerdo a los datos de la Casa del Migrante, se recibieron alrededor de 10,300 migrantes, la cantidad se ha reducido de los 11,500 migrantes del 2009. Pero 90% de los migrantes que llegaron a la Casa del Migrante fueron deportados de los Estados Unidos y 10% de los migrantes provienen del sur con camino hacia el norte.

De acuerdo a los datos del Deparment of Homeland Security en el año fiscal 2009, de los 580,107 deportados de los Estados Unidos 80% de los deportados eran mexicanos y solo un tercio de todos los deportados tenían record criminal.

Ivonne Cáceres de 44 años, es salvadoreña y firmó un acuerdo de voluntariado por dos años con la Casa del Migrante. Cáceres no recibe ningún sueldo por ser voluntaria en la Casa del Migrante.

“Uno tiene que ponerse en los zapatos de otras personas para entender sus situaciones. Los migrantes que son deportados tienen que aprender a incorporarse a la sociedad que los rechaza en México y en Estados Unidos”, afirmó.

La casa ofrece distintos servicios humanitarios, psicosociales, espirituales, educativos y servicios de derechos humanos.

Los migrantes se benefician con comida preparada, una cálida cama, agua caliente para asearse, se les ofrece ropa y calzado en buena condición, acceso a una bolsa de trabajo, servicios de primeros auxilios y se les ayuda para comunicarse con sus familiares.

Alex Gómez es un migrante hondureño de 33 años que vivió en Arizona y Florida antes de regresar a su país.

“Haber estado nueve años en Estados Unidos y después vivir en Honduras me di cuenta de las oportunidades que perdí”, afirmó.

Aunque Gómez haya salido de Honduras con solamente 200 pesos, no se desanima a seguir su camino. Gómez ha llegado hasta Tijuana con cicatrices y moretones por todo su cuerpo, y con zapatos agujerados casi inservibles.

Gómez ha viajado por camión, traileros compasivos y su habilidad para abordar trenes sin ser detectado le han permitido llegar a Tijuana. Su propósito era ir a El Salvador para buscar trabajo pero vio la oportunidad de llegar a México abordando un tren de carga y la tomó.

Él ha sufrido hambre y ha dependido de limosnas que la gente le daba en su camino para alimentarse y llegar hasta Tijuana.

En los pasillos de la Casa del Migrante siempre se escuchan situaciones de deportación, familias separadas, secuestro, violaciones sexuales y de derechos humanos, largos caminos e impactantes experiencias.

Con cicatrices en el rostro y deportado de Santa Ana, CA, Basilio Cruz Álvarez de 51 años espera en la Casa del Migrante hasta conseguir más dinero para irse de Tijuana.

“Aquí no hay que cuidarse de los malandros, hay que cuidarse de los policías”, afirmó.

Él salió de paseo con un amigo el cual tenía orden de arresto y la policía los detuvo. Lo detuvieron por dos días sin razón alguna.

Después de sus dos días de arresto lo dejaron en libertad y al cruzar las puertas del edificio un oficial le pidió que se regresara para checar su estatus migratorio y fue deportado sin ningún estatus criminal.

En Tijuana, B.C., Cruz Álvarez fue detenido por la policía municipal y le dieron la opción de ir a la delegación o “arreglarse de otra manera”. Al rechazar la obvia opción de soborno, Cruz Álvarez fue detenido por 12 horas en la delegación.

“Aquí en la Casa del Migrante te tratan bien, hasta te dan comida. Lástima que solo te puedes quedar 12 días”, afirmó. Él ahora espera la ayuda de sus primos para poder regresar a su hogar en Guerrero.

Además de recibir primero auxilios, los migrantes también reciben ayuda personal como juntas de alcohólicos anónimos, asesoramiento a los migrantes cuyos derechos hayan sido violados, pláticas de educación sexual y apoyo espiritual.

Primero son alimentados y después son entrevistados para recolectar datos generales de cada migrante (nacionalidad, edad, nombre) y se les asigna su cuarto de descanso.

Luego se les presentan los reglamentos de la casa que incluyen no llegar con olor a alcohol ni drogados, participar en el aseo de la casa, respetarse unos a otros entre otras más.

Antes de irse a descansar, los migrantes reciben su ropa y calzado y después van a una ventanilla por su almohada y cobijas necesarias. La mañana siguiente los migrantes son despertados a las seis de la mañana con el olor en los pisos a limpiador industrial.

Después los migrantes se asean, se visten y se van para buscar algún trabajo que encuentren o esperar a sus familiares.

“No pienso regresar a Estados Unidos. Empezaré de nuevo en mi país, aunque casi todos estén haya”, afirmó Pedro.

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